gogoanime Lápida del capitán Jorge Fernández Gramajo, fundador del Convento San Diego, cumplió cinco años de volver a su lugar de origen – Universidad de Bellas Artes y Ciencias de Bolivar

Lápida del capitán Jorge Fernández Gramajo, fundador del Convento San Diego, cumplió cinco años de volver a su lugar de origen

El pasado 22 de abril se cumplieron 5 años de ser devuelta a su lugar de origen la lápida sepulcral de Jorge Fernández Gramajo, patrón, fundador y síndico del Convento de San Diego, sede actual de la Institución Universitaria Bellas Artes y Ciencias de Bolívar, Unibac,

Fernández Gramajo fue un mercader portugués tratante de esclavos. Fue el comerciante más relevante -y acaudalado- en el puerto de Cartagena de Indias a principios del siglo XVII. Figura enviando importantes remesas de plata y oro a Sevilla; participó activamente en la defensa de Cartagena contra el corsario Francis Drake en 1595 y fue alcalde ordinario en dicha ciudad en 1603 (antes de obtener definitivamente carta de naturalización en Indias); en 1604 aparece como factor del asiento negrero de Gonzalo Vaz Coutinho entre 1610 y 1611 es denunciado, puesto bajo arresto domiciliario y procesado por contrabando desmesurado, saliendo finalmente libre. Obtiene carta de naturalización en 1614. A partir de entonces, con una posición consolidada se dedicó a perpetuar su memoria con fundaciones y donaciones a obras benéficas.

Construyó a sus expensas el monasterio de San Diego de los franciscanos descalzos del que fue nombrado síndico perpetuo (persona que tiene el dinero de las limosnas que se dan a los religiosos mendicantes). Socorría a los demás conventos y acudía a la realización de importantes obras públicas. Fernández Gramajo, dominó la vida comercial durante la segunda y parte de la tercera década, lo que le permitió, entre otras cosas, construir y dotar el convento franciscano de San Diego y así conseguir un seguro frente a la Inquisición. La Corona Española tenía recelo de los mercaderes portugueses, que competían con ellos en la codicia del oro y la plata en Cartagena, por este motivo esta institución los tenía vigilados.

Murió el 23 de junio de 1626 y al no tener hijos legítimos ni herederos forzosos dejó como albacea a su sobrino Antonio Núñez Gramajo. En su testamento pidió ser enterrado en el convento de San Diego que había fundado, sepultado bajo la lápida que estaba al pie de la grada que sube al altar mayor, como síndico fundador y benefactor de esta recolección.

Para entender el motivo que impulsó a devolver esta reliquia a su lugar de origen es importante conocer un poco de su historia. La lápida sepulcral de mármol italiano pesa 3 toneladas y mide 258 x 128 x 21 centímetros.  Es la más antigua hallada en Cartagena de Indias, que durante siglos estuvo en su lugar de origen: en el altar mayor del Convento de los Recoletos, advocación de San Diego, porque mucho antes de morir, el capitán donó los terrenos para erigir el claustro en 1608, y fue patrón, fundador y síndico de ese convento, invirtió cerca de 30 mil pesos de la época que eran una enorme fortuna y eligió a Simón González en la ejecución de la obra.

En la parte superior de la lápida está el escudo de armas de la familia Fernández Gramajo: el león erizado con su melena al cielo, símbolo imperial de los conquistadores en América, y un revoloteo de palomas que atenúan el aura y la soledad monárquica. Tanto el león como las palomas están talladas por un artista cartagenero al que no se le da crédito, pero se percibe en la talla, un dominio artístico de la figura. Debajo de la talla de los dibujos, está la talla en relieve de las letras cinceladas. Un arrepentimiento en italiano en donde el capitán clama por la misericordia de Dios por todos sus pecados (entre ellos, el de haber sido un tratante de africanos esclavizados). Pero no satisfecho con su clamor en vísperas de su muerte, le pidió a los frailes de la comunidad de los recoletos que él tuviera allí capellanía perpetua de una misa cantada todos los sábados del año, en compensación por haber sido el benefactor de toda la obra, las limosnas para los hábitos y el sostenimiento general del convento. Pidió que su lápida estuviera en el altar mayor para que la misa alcanzara su espíritu y lo redimiera de sus pecados, después de su muerte. La lápida estuvo allí por siglos, hasta las mudanzas históricas del convento de San Diego, que pasó de convento a cárcel, hospital de enfermos mentales, planta eléctrica, camposanto y Escuela de Bellas artes. En su destino eléctrico el edificio perdió su coro y fachada en un incendio en 1895. En el umbral de la celebración del centenario de la Independencia de la ciudad, Luis Felipe Jaspe, restauró la capilla y le agregó un piso. El inmueble fue cárcel durante 135 años, entre 1833 y 1968. De 1968 a 1976 fue hospital de enfermos mentales. En 1976 se convirtió en Escuela de Bellas Artes, precisa Sacra Náder.

La lápida del capitán Fernández Gramajo vivió el peregrinaje con sus cenizas a la Casa de los Espiritistas entre 1919 a 1924. En 1943 estaba en el inventario oficial de la ciudad.  Finalmente, su lápida fue a parar al Palacio de la Inquisición. Allí, en una restauración, se desmontó la lápida, y quedó en el desamparo junto a doce lápidas en el patio inmemorial de las caballerizas, en donde ha vuelto a redescubrirse gracias a la vigilia colectiva del historiador Moisés Álvarez Marín, director del Museo Histórico de Cartagena, la archivista y editora Karen David,  sumergida de manera implacable en el rastreo de imágenes y datos para el libro “Bellas Artes como historia de Cartagena”,  hazaña editorial liderada por  Sacra Náder, quien además, emprendió la investigación de la cronología de más de un siglo de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena y comprobó que la lápida del donante de los terrenos del claustro debía estar por allí, suelta de madrina, y la pista fue leerlo en un libro de Enrique Marco Dorta. Sacra, junto al arquitecto Jaime Correa Vélez, autor de un ensayo sobre la construcción del Claustro de San Diego, y el escultor Hernando Pereira, fueron tras la pista de la lápida, y Moisés fue el enlace para este hallazgo y redescubrimiento en un nuevo contexto. La lápida estaba casi enterrada bajo la sombra de los plátanos del patio de las caballerizas, y Sacra Náder contrató una grúa y una legión de obreros para traer hasta el claustro, la lápida de casi cuatro siglos y tres toneladas de peso, que, desde el 22 de abril de 2017, se exhibe en la entrada del Claustro de San Diego, sede de Bellas Artes. Durante más de quince años, la lápida del capitán Fernández Gramajo estuvo en el Museo Histórico de Cartagena. El traslado físico e instalación museográfica, estuvo a cargo del restaurador Salim Osta. El criterio de conservación, lo lideró Jaime Correa. La asesoría en recuperación: el maestro de artes y escultura: Hernando Pereira. El concurso y apoyo humano y técnico de José Sierra Peralta y Antonio Merlano y el pedestal diseñado por el escultor Edgardo Carmona.

“Es el hallazgo de arte colonial más antiguo de Cartagena de Indias”, dice Jaime Correa Vélez, quien considera que hacerlo visible en su lugar de origen, lo eleva en un valor histórico. (Secretos de una lápida de 1626 en Cartagena. Gustavo Tatis Guerra, El Universal, Cartagena, 7 de mayo de 2017).

Después de conocer esta importante historia sobre esta maravillosa pieza de arte colonial que hace parte del Convento de San Diego y de Unibac, podremos valorar y apreciar el patrimonio cultural que poseemos, esto nos ayuda a definir el sentido de pertenencia e identidad. Resguardar este legado histórico hace que las próximas generaciones puedan construir un futuro con fundamento, partiendo de los orígenes. Nuestro patrimonio histórico juega un papel fundamental para hacernos entender el pasado y es ahí donde radica su valor, por ello su protección es vital, se trata de las raíces que sostienen a la humanidad, aquellos elementos sobre los que se construye la identidad de los pueblos, un legado que ayuda a entender muchos sucesos del presente y a abonar el camino para construir un futuro cargado de historia, por eso su preservación dependerá que sigan vivos para las nuevas generaciones.

¡Unibac, calidad que trasciende!

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