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Secretos de una lápida de 1626 en Cartagena

16 May 2017

Fuente: Gustavo Tatis Guerra para el periódico El Universal

Las lluvias de casi cuatro siglos han desdibujado las letras cinceladas en bloque de mármol, en la lápida del capitán portugués Jorge Fernández Gramajo, fallecido el 23 de junio de 1626.

El capitán Fernández Gramajo vino a Cartagena de Indias en 1587, en el primer grupo de 140 portugueses  que dominaron el comercio negrero en la ciudad. Tenía una casa en Bocachica y desembarcaba a los africanos esclavizados antes de entrar al puerto (Vidal Ortega). En la cargazón de su galera San Juan Bautista, perdió 41 africanos que murieron antes de llegar al puerto, entre 150 esclavizados. Él se hacía cargo de los esclavos decomisados y por adjudicar. Tenía que estar al tanto de la alimentación, sanación, vigilancia del barco, enterrar a los africanos que morían y pagar costos procesales y fiscales.

Con Pedro de Heredia vinieron muchos portugueses, atraídos por el deslumbramiento del oro en el Nuevo Mundo. Los portugueses tuvieron vastísimos reinos en las costas occidentales de África. Y muchos de ellos trabajaron para la política imperial de Felipe II. En la expedición de Francis Drake en 1586, un año antes del arribo  del capitán Fernández Gramajo, venían  muchos portugueses que asaltaron la ciudad. El capitán Fernández Gramajo fue cabildante durante años en Cartagena de Indias. No dejó hijos en la ciudad, pero sí sobrinos como Antonio Núñez Gramajo, quien vivió con una licencia prorrogada por cinco años en 1622, y después de la muerte de su tío, se quedó a vivir en Cartagena, cuidando su herencia, pese a que se le había vencido el plazo estipulado, y desafió las órdenes oficiales. Catalina Ortiz, mujer de Jorge Gramajo, otro sobrino del capitán, puso en pleito por 107.000 pesos contra la testamentaria. Los pleitos no dejaron en paz al capitán después de su muerte. La corona española tenía recelos de los mercaderes portugueses, que competían con ellos en la codicia del oro y la plata en Cartagena. La Inquisición los tenía vigilados. Se creía que eran cómplices de los corsarios que asaltaban  la ciudad. Y “temían que facilitaran la entrada de los enemigos”, precisa el investigador Julián Bautista Ruiz Ribera. La Real Cédula del 13 de julio de 1626, veinte días después de la muerte del capitán Fernández Gramajo, exigió sanciones y confiscaciones de bienes a los portugueses.

Una lápida con historia
La lápida sepulcral de mármol italiano pesa 3 toneladas y mide 258 x 128 x 21 centímetros.  Es la lápida más antigua hallada en Cartagena de Indias, que durante siglos estuvo en su lugar de origen: en el altar mayor del Convento de los Recoletos, advocación de San Diego, porque mucho antes de morir, el capitán donó los terrenos para erigir el claustro en 1608, y fue patrón, fundador y síndico de ese convento, invirtió cerca de 30 mil pesos de la época que eran una enorme fortuna y eligió a Simón González en la ejecución de la obra.

En la parte superior de la lápida está el escudo de armas de la familia Fernández Gramajo: el león erizado con su melena al cielo, símbolo imperial de los conquistadores en América, y un revoloteo de palomas que atenúan el aura y la soledad monárquica. Tanto el león como las palomas están talladas por un artista cartagenero al que no se le da crédito, pero se percibe en la talla, un dominio artístico de la figura. Debajo de la talla de los dibujos, está la talla en relieve de las letras cinceladas. Un arrepentimiento en italiano en donde el capitán clama por la misericordia de Dios por todos sus pecados(entre ellos, el de haber sido un tratante de africanos esclavizados). Pero no satisfecho con su  clamor en vísperas de su muerte, le pidió a los frailes de la comunidad de los recoletos que él tuviera allí capellanía perpetua de una misa cantada todos los sábados del año, en compensación por haber sido el benefactor de toda la obra, las limosnas para los hábitos y el sostenimiento general del convento. Pidió que su lápida estuviera en el altar mayor para que la misa alcanzara su espíritu y lo redimiera de sus pecados, después de su muerte. La lápida estuvo allí por siglos, hasta las mudanzas históricas del convento de San Diego, que pasó de convento a cárcel, hospital de enfermos mentales, planta eléctrica, camposanto y escuela de bellas artes. En su destino eléctrico el edificio perdió su coro y fachada en un incendio en 1895. En el umbral de la celebración del centenario de la Independencia de la ciudad, Luis Felipe Jaspe, restauró la capilla y le agregó un piso. El inmueble fue cárcel durante 135 años, entre 1833 y 1968. De 1968 a 1976 fue hospital de enfermos mentales. En 1976 se convirtió en Escuela de Bellas Artes, precisa Sacra Nader.

El peregrinaje de las cenizas
La lápida del capitán Fernández Gramajo vivió el peregrinaje con sus cenizas a la Casa de los Espiritistas entre 1919 a 1924. En 1943 estaba en el inventario oficial de la ciudad.  Finalmente, su lápida fue a parar al Palacio de la Inquisición. Allí, en una restauración, se desmontó la lápida, y quedó en el desamparo junto a doce lápidas en el patio inmemorial de las caballerizas, en donde ha vuelto a redescubrirse gracias a la vigilia colectiva del historiador Moisés Álvarez Marín, director del Museo Histórico de Cartagena, la archivista y editora Karen David,  sumergida de manera implacable en el rastreo de imágenes y datos para el libro “Bellas Artes como historia de Cartagena”,  hazaña editorial liderada por  Sacra Nader, quien además, emprendió la investigación de la cronología de más de un siglo de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena y comprobó que la lápida del donante de los terrenos del claustro debía estar por allí, suelta de madrina, y la pista fue leerlo en un libro de Enrique Marco Dorta. Sacra, junto al  arquitecto Jaime Correa Vélez, autor de un ensayo sobre la construcción del Claustro de San Diego,  y el escultor Hernando Pereira,  fueron tras la pista de la lápida, y Moisés fue el enlace para este hallazgo y redescubrimiento en un nuevo contexto. La lápida estaba casi enterrada bajo la sombra de los plátanos del patio de las caballerizas, y Sacra Nader contrató una grúa y una legión de obreros para traer hasta el claustro, la lápida de casi cuatro siglos y tres toneladas de peso, que desde el 22 de abril de 2017, se exhibe en la entrada del Claustro de San Diego, sede de Bellas Artes. Durante más de quince años, la lápida del capitán Fernández Gramajo estuvo en el Museo Histórico de Cartagena. El traslado físico  e instalación museográfica, estuvo a cargo del restaurador Salim Osta. El criterio de conservación, lo lideró Jaime Correa. La asesoría en recuperación: el maestro de artes y escultura: Hernando Pereira. El concurso y apoyo humano y técnico de José Sierra Peralta y Antonio Merlano y el pedestal diseñado por el escultor Edgardo Carmona.

“Es el hallazgo de arte colonial más antiguo de Cartagena de Indias”, dice Jaime Correa Vélez, quien considera que hacerlo visible en su lugar de origen, lo eleva en un valor histórico.

Epílogo

"Aquí yace el capitán Jorge Fernández Gramajo, patrón fundador y síndico de este santo convento erigido en 1608. Es sepultura suya y de sus herederos. Rueguen a Dios por él. Falleció el 23 de junio de 1626". Las sílabas talladas claman misericordia en latín. El alma del capitán Fernández Gramajo se perpetúa ahora en ese bloque de mármol. Debajo de su clamor, pasó la sombra de la muerte.

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